En el año 1949, Inglaterra se estaba recuperando del enorme esfuerzo que había supuesto su participación en la segunda guerra mundial. Los corazones que hacían cola en los colmados para obtener los alimentos estipulados en sus libretas de racionamiento estaban llenos de satisfacción por la victoria frente a la amenaza nazi, aunque las orgullosas pérdidas de seres queridos que no habían vuelto a casa dejaban sin apetito a muchas familias de la época.

En un barrio de clase media-baja de casas semi-adosadas en el este de Londres, vivía una pareja con un scottish terrier, Mac. Arturo, que había estudiado piano en tiempos más felices y era aficionado a ese curioso deporte británico llamado crícket, se había alistado en el ejército. Su compañía, destinada a Egipto, había estado encargada de tareas de almacenamiento y de vigilancia de prisioneros, en su mayoría italianos. Estos se llevaban bien con Arturo, quien tenía bastantes conocimientos de ópera pero, a su vuelta a Inglaterra, las penurias económicas le obligaron a aceptar un trabajo despachando billetes de autocar de noche. El sol de los faraones se había ocultado.

Gladys provenía del condado de Norfolk. De familia sencilla, se había empleado en un pequeño almacén que estaba a media hora en autobús desde su casa; la planta baja alquilada del número 99 de la Segunda Avenida del distrito Manor Park. Había tenido que empeñar su alianza de boda, que nunca se recuperó, en un intento de salir adelante durante la posguerra y la economía de la pareja estaba en vías de estabilizarse. En su tiempo de ocio compartido, sin coche ni televisor, escuchaban la radio, descansaban en su jardincito, paseaban o ensayaban con el grupo de variedades musicales que dirigía Arturo y que hacía funciones benéficas en hospitales de mutilados de la guerra.

Durante la primavera de aquel año, llegó una noticia demoledora. Después de 19 años de casados, la paz terrenal de Gladys, de 43 años, y Arturo, de 41, peligraba. Gladys estaba embarazada y, a partir del día 3 de febrero de 1950, ya no serían dos y el perro. Seríamos tres… y el perro.
